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La ventana del Imbabura

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Leyenda de la ventana del Imbabura

La ventana del Imbabura

Desde la carretera que desciende perezosamente por el costado sinuoso del Nudo de Mojanda, desde Cajas hasta Eugenio Espejo, se puede contemplar la incomparable belleza del Lago San Pablo y de su celoso guardián, el viejo monte Imbabura.

El Imbabura se levanta adusto y cansado y ve retratarse en el cristal del lago su cumbre decapitada por un lejano cataclismo. Su cabeza dolorida pasa la mayor parte del tiempo amarrada con un pañuelo blanco de nubes.

Leyenda la Ventana del Imbabura

Hace mucho tiempo, cuando los gigantes recorrían el mundo, llegó al Ecuador un gigante tan alto que su cabeza tocaba las nubes.

Decidió en su recorrido conocer las lagunas de la provincia que hoy conocemos como Imbabura.

El gigante se dirigió primero al lago San Pablo, que en ese tiempo se llamaba Imbacocha, ingresó en él, pero el agua no cubrió todo su cuerpo.

Muy orgulloso se sintió el gigante de ser tan alto y enseguida continuó su recorrido por todas las 27 lagunas de la provincia. En pocos minutos estuvo en las lagunas de Mojanda; primero entró en la laguna de Caricocha, pero el agua solo le cubrió los tobillos. De un salto estuvo en la laguna de Huarmicocha, cuyas aguas mojaron levemente las rodillas del gigante. Por último la laguna de Yanacocha solo mojó sus pies.

– Indudablemente, soy el más alto de todos – Se dijo a si mismo el presumido gigante.

Dando grandes zancadas se dirigió a la laguna de Cuicocha, lentamente introdujo sus piernas en las oscuras aguas de esa laguna y dando grandes risotadas dijo:

– ¡Solamente me mojó hasta los muslos!

En Yaguarcocha, las carcajadas del gigante aumentaron y en tono burlón dijo:

– ¡El agua solo llegó a los dedos de mis pies!

El escenario fue el mismo en las lagunas de Piñán. Una por una fueron desmerecidas por el engreído gigante.

– Ninguna laguna puede conmigo – se jactaba el gigante.

Con cada laguna que visitaba, su orgullo crecía más y más. Estaba convencido que no había una sola laguna en la que pudiera zambullirse, así que decidió viajar a otros lugares para contarle a todo el mundo que el era el más alto de todos los gigantes de la tierra.

Antes de marcharse, vio a lo lejos una pequeña laguna sobre el taita Imbabura. Con mucha soberbia se dirigió hacia allá para comprobar, una vez más, que no había una laguna en toda la provincia con aguas suficientemente profundas para cubrir su cuerpo.

Muy confiado, el gigante se introdujo en las aguas. A los pocos segundos se dio cuenta que su grande y pesado cuerpo se hundía en las profundas y frías aguas.

Invadido por el pánico, intentó sujetarse de las rocas de la montaña, pero uno de sus grandes y fuertes dedos perforó la cima del Imbabura y el gigante se hundió para siempre.

Desde ese día, cuando el cielo está despejado, se puede ver la ventana que dejó el dedo del gigante y en las noches frías aún se escuchan los gritos de desesperación al hundirse.

Datos interesantes:

En los días despejados, cuando Taita Imbabura no padece de dolor de cabeza y no tiene su frente cubierta con un pañuelo de nubes, se puede ver claramente la Ventana y, a través de ella, un cielo lejano y remoto.

Más abajo, escondida en un hueco, está la pequeña Laguna de Cunro que cobró la vida del Gigante del Imbabura.

Si te gustó esta leyenda, te invitamos a leer El duende de San Gerardo.

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