En los páramos donde el viento corta como una navaja y la niebla es tan masticable como pan viejo, el grito de la Guagua Auca no es un eco, sino una presencia tangible que hace que el barro se vuelva más espeso bajo las botas de cuero. Para los arrieros que cruzan los valles de
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La viuda del Tamarindo tiene un origen incierto, hay relatos que la ubican en los campos manabitas, otros en la ciudad de Guayaquil y algunos en Posorja; pero coinciden en que se suscitó un hecho macabro. Cuando la luna se filtraba entre los matorrales, aparecía la silueta. No era una mujer, sino un fragmento de
El aire en San Roque no llevaba el aroma del incienso eclesiástico, sino el vapor espeso, grasiento y casi humano de las tripas de cordero que la madre de María Angula freía en gruesas ollas de barro. En esa casa de fríos ladrillos de adobe, donde la llovizna andina golpeaba las tejas con el ritmo
El aire en Quito olía a eucalipto quemado, azufre frío y la humedad ancestral de las piedras talladas que se negaban a encajar. Francisco Cantuña cruzó la plaza, con las manos ensangrentadas por el cincel y el carbón, sintiendo cómo los Andes guardaban la memoria de un imperio caído que se negaba a morir en
La Leyenda de Cantuña y el Atrio de San Francisco de Quito Read More »




