
La leyenda del Camino de los Ahorcados es una de las historias trágicas más arraigadas en la memoria colectiva de la ciudad de Loja, Ecuador.
Ambientada en los alrededores del antiguo Hospital San Juan de Dios, esta historia entrelaza el sufrimiento causado por la lepra durante las épocas colonial y republicana con un amor juvenil que fue truncado por la tragedia.
A continuación, presentamos la narrativa tradicional completa tal como se ha transmitido a través de la tradición oral de Loja.
El camino de los ahorcados: Leyenda completa de Loja y su origen histórico
Esta narración corresponde a las: Leyendas de Loja, leyendas andinas y leyendas de suspenso.
Ficha técnica
| Personajes Principales: | Ana María, Luis Felipe y Luz Marina |
| Ubicación: | Hospital San Juan de Dios, Calle Imbabura, Barrio El Pedestal. Loja, Ecuador |
| Época: | Finales del Siglo XIX / Inicios del Siglo XX |
| Temas: | Romance trágico, lepra, eventos sobrenaturales |
La leyenda del camino de los ahorcados nace en el viejo hospital de Loja, llamado San Juan de Dios, estaba ubicado en el extremo nor-occidental de la ciudad.
Su puerta principal daba a la calle Imbabura y al terminar los terrenos del hospital el camino se bifurca en dos: uno que subía directamente al barrio El Pedestal, y otro que tomaba hacia la derecha y se unía con un estrecho sendero que conducía a Borja y Belén, pequeños caseríos localizados en las afueras de la ciudad.
Este segundo camino que limitaba los terrenos del Hospital con un inmenso y funesto farallón era conocido como el Camino de los Ahorcados. He aquí su historia o mejor dicho la leyenda que dio origen a su nombre.
El Aislado, Luz Marina y la infancia de Ana María
La lepra era un mal incurable y contagioso. Por eso, todos los enfermos que la padecían eran perseguidos y recluidos en el pabellón del Hospital conocido como el Aislado, al menos hasta que eran enviados al Leprocomio de la capital de la República.
En el Aislado, los leprosos eran atendidos por médicos que tomaban toda clase de precauciones para evitar el contagio; a veces incluso escribían la receta de lejos, aunque también hubo galenos abnegados que ofrendaron sus vidas en cumplimiento de tan humanitaria misión. Las enfermeras, en cambio, no podían eludir el contacto con los enfermos y con frecuencia eran víctimas del contagio, a pesar de las precauciones que tomaban. Por eso resultaba sumamente difícil encontrar personal dispuesto a prestar servicios en el Aislado, y solo circunstancias desesperadas obligaban a ciertas personas a trabajar allí.
Tal fue el caso de Luz Marina, a quien sus padres echaron del hogar por haber cometido un pecado de amor. Desde el campo donde vivía, salió a la ciudad para que en el hospital curasen a su hija de pocos días de nacida, que se encontraba al borde de la muerte. La niña fue recibida e internada en el pabellón de niños, pero como la madre no tenía dónde hospedarse, las Hermanas de la Caridad que entonces regentaban el hospital le propusieron que fuese a trabajar en el Aislado.
Luz Marina no tuvo alternativa. Allí se quedó para siempre, y su hija, a quien bautizó con el nombre de Ana María, también se quedó a vivir allí luego de su restablecimiento. Más tarde, las religiosas le dieron facilidades para que recibiera instrucción primaria y un curso de enfermería que la capacitó para desempeñarse en el mismo ambiente en el cual había crecido con despreocupación y sin miedo al contagio de los enfermos que vio desfilar a lo largo de su niñez y adolescencia.
Ana María y el sendero de los eucaliptos
A los 26 años, Ana María era una muchacha alegre y vivaz. Le gustaba cumplir pronto con sus obligaciones para salir por los terrenos que quedaban detrás del edificio. Tras este se extendía una colina empinada, sembrada de eucaliptos, que terminaba en una cima cortada a pico sobre el camino que más tarde empalmaría con el sendero hacia los caseríos de Borja y Belén.
Desde la cima hasta el camino había una altura de al menos cincuenta metros. Por un estrecho sendero oblicuo sobre el farallón solo pasaban unos pocos chivos y cabras, que se alimentaban con la escasa vegetación que crecía a ese lado del camino. Pero por allí también transitaba Ana María todos los días después del almuerzo, llena de alegría y entusiasmo, tanto por el placer de estirar sus ágiles piernas como por la embriaguez que le producía desafiar al peligro.
El encuentro con Luis Felipe y un amor predestinado
En uno de esos paseos habituales, un día se encontró con Luis Felipe, un joven estudiante de Derecho que, con su cuaderno de apuntes bajo el brazo, caminaba lentamente por ese solitario camino revisando la materia del examen que debía rendir al día siguiente.
Los grandes amores solo necesitan una chispa para encenderse y luego inflamarse como un volcán. Eso les ocurrió a Luis Felipe y Ana María. Se vieron y se amaron como predestinados desde toda la eternidad. No necesitaron hablarse de inmediato: bastó mirarse y sonreír con infinita ternura para saber que se amarían hasta la muerte.
Pero, a pesar de la intensidad de sus sentimientos, sus amores fueron castos y puros, y duraron mucho tiempo. Llevaban ya dos años de conocerse y amarse, reuniéndose todos los días en ese camino solitario que tenía a un costado la montaña y al otro una hermosa vegetación.
Entonces ocurrió la muerte de doña Luz Marina: la contagió un enfermo de tifoidea que había sido recluido en el Aislado del Hospital y, a los pocos días, murió pese a los cuidados que le prodigaron en ese lugar donde ella había servido con tanta abnegación durante 18 años.
Ana María quedó sola, pues no conocía a ningún familiar. Pero el amor de Luis Felipe iluminaba su vida y formaba el único mundo en el cual deseaba estar. Por eso anhelaba que él se graduara de abogado, ya que le había prometido hacerla su esposa tan pronto culminara sus estudios y comenzara a trabajar.
El diagnóstico y la decisión fatal
Pero el destino cruel les jugó una mala pasada. Un día, después del almuerzo, Ana María se arreglaba las uñas junto a la ventana del pequeño cuarto que tenía en el hospital. Sintió que una uña se le movía como si estuviera desprendida y, al halarla un poquito, se desprendió por completo sin causarle ningún dolor.
Casi se le paralizó el corazón porque intuyó lo que aquello podía significar. Pero, con la esperanza de estar equivocada, corrió a consultarlo con el médico de turno del Aislado. No cabía duda: estaba contagiada de lepra y debía resignarse a vivir recluida como los demás enfermos de ese mal.
—¡No! —gritó desesperada y corrió hacia la colina ubicada detrás del hospital. Coronó la cima y bajó corriendo por el peligroso declive, deseando íntimamente tropezar y caer para morir. Pero su destreza pudo más que su deseo y llegó al camino antes de la hora de la cita, motivo por el cual Luis Felipe aún no había acudido.
Buscó en el bolsillo de su blanco delantal de enfermera el lápiz y la libreta de apuntes que siempre guardaba allí para recibir las instrucciones de los médicos, y escribió apresuradamente:
“Perdóname, Luis Felipe, por la pena que voy a causarte, pero no puedo recluirme a morir de lepra ni condenarte a ti a mirar este suplicio. Adiós, mi amor: te espero en la eternidad. Tuya para siempre: Ana María”.
Colocó el papel en el bolsillo, de modo que buena parte de él quedara visible. Luego tomó varias cabuyas de las muchas que había en el cerco de pencos contiguo al camino e hizo una fuerte soga. Con ella se subió a un árbol de guabo que también estaba a la vera del camino. Amarró un extremo de la soga a una gruesa rama y el otro a su cuello. Después se arrojó al vacío.
Luis Felipe y el trágico hallazgo
Cuando Luis Felipe acudió a la diaria cita, se extrañó de no encontrar a su amada saltando y brincando con esa natural alegría que siempre la acompañaba. Pero, al fijarse en el árbol y ver allí colgado el cuerpo de Ana María, dio un grito y corrió a socorrerla. Ya era demasiado tarde.
Su primer y único amor, la hermosa, tierna y joven mujer que tanto había amado, estaba muerta. El mensaje dejado lo confirmaba.
Entonces Luis Felipe hizo las mismas trenzas de cabuya que ella había confeccionado, las unió entre sí y amarró un extremo a su cuello y el otro a la rama del árbol de la cual pendía el cuerpo sin vida de su amada.
Así encontraron juntos los dos cadáveres las primeras personas que pasaron por el lugar de los hechos, luego la autoridad que fue llamada apresuradamente y, después, todo el vecindario de aquella pequeña ciudad que entonces era Loja, que se conmovió hasta las lágrimas por la triste suerte de aquellos jóvenes.
El origen de la leyenda
Desde entonces, aquel lugar fue llamado el “Camino de los Ahorcados”. Casi nadie se atrevía a transitarlo, especialmente durante las noches, pues se decía que a las doce se veía un grácil bulto blanco por el empinado sendero del farallón ubicado detrás del hospital, y luego dos fantasmas corrían y jugaban por ese camino hasta que asomaban las primeras luces del alba.
Según la leyenda en que se basa esta narración, las almas de los dos infortunados amantes estaban “penando”, es decir, no podían descansar en paz porque se habían ido de este mundo sin esperar el llamado de Dios.
Datos Interesantes
El Hospital San Juan de Dios de la ciudad de Loja, fue creado por Cédula Real Española en el año de 1795.
El inmueble original estuvo en la plaza de Santo Domingo, donde está el colegio de las Madres de la Caridad y el primer médico que laboró en él fue Domingo de Espinar, y las Hermanas de la Caridad, llegaron a Loja en el año de 1888 luego de la orden dada por Simón Bolívar en 1865 de reabrir el Hospital
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Preguntas frecuentes sobre el camino de los ahorcados










